Sobre el movimiento Estudiantil

Lxs estudiantes fueron un importante protagonista de las grandes luchas políticas y sociales que tuvieron desarrollo en la historia argentina. Los barrios, las fábricas y las universidades han sido testigos de la impronta juvenil que delineó, junto a la clase trabajadora, las principales revueltas y procesos de lucha en el país. La reforma universitaria del ‘18, el Cordobazo (y los demás “azos”), la pelea por el boleto estudiantil en los ‘70, entre otros, representan parte de la acumulación política que dio visión de futuro a lxs miles de jóvenes que supieron librar grandes resistencias durante los noventa y principios del 2000.

Llegado el 2001, en el marco del recorte social que intentó imponer el gobierno de La Alianza, se generaba una profunda crisis y en consecuencia, una ebullición política y social que atravesaba el país. En este escenario, lxs estudiantes universitarixs levantaron la voz cuando observaron que la gratuidad universitaria corría peligro.

Envalentonadxs con las luchas que el movimiento educativo (estudiantil, docentes y trabajadorxs no-docentes) se venía dando en contra de la implementación de las leyes de educación menemistas (Ley Federal de Educación y Ley de Educación Superior), el movimiento estudiantil nuevamente fue el sector más dinámico cuando, al observar el recorte presupuestario que se impondría a la educación nacional, impulsó fuertes luchas.

Los cimbronazos populares que atravesaron el 2001 no sólo llenaron las calles de gente, sino que lograron recuperar espacios de poder que se encontraban en manos de burocracias de distintos colores y partidos. En ese marco, varios sindicatos y comisiones internas (docentes, ceramistas, estatales, entre otros) pasaron a manos de reagrupamientos clasistas y democráticos. Dicha tendencia se diseminó en varias trincheras de la sociedad civil, entre ellas la Universidad: La hegemonía de la Franja Morada en las principales universidades del país se vio limitada y resquebrajada por aquellos enfrentamientos que trascendían las paredes de los edificios públicos y estatales.
Mientras los debates se enriquecían y el estancamiento dejaba de ser el sentido común de un floreciente movimiento universitario que nucleaba actores de distintos claustros, los centros de estudiantes empezaban a pasar a manos de organizaciones de izquierda, situación que terminó coronándose en la recuperación de las principales federaciones (FUBA, FULP, FUC, entre otras).

Aquellxs jóvenes que resistieron los intentos de privatización demostraron que no se contentaban con migajas, sino que irían por más. Es así que de aquel proceso se sacaron varias enseñanzas, que años después se manifestaron en las luchas por la democratización de los espacios de co-gobierno en la mayoría de los establecimientos educativos (UNC, UBA, UNLP, UNR).

¿Cuál fue el saldo en el movimiento estudiantil de esa experiencia?

En las universidades en las que hubo medidas de fuerza, como en La Plata y Buenos Aires, hubo un salto organizativo significativo, ya que trabajaron conjuntamente militantes de diferentes organizaciones y compañerxs independientes, donde se trazaron lazos solidarios importantes.
Por otro lado, la discusión que atravesó esos años y que se fortaleció en el 2001, fue la de cuestionar la forma de organización de los gremios. Esto implicó avanzar en la demanda de desburocratizar lxs centros de estudiantes, “abrirlos” al debate del estudiantado.
También fue enriquecedora la experiencia de lucha gracias a la articulación entre facultades y, sobre todo, a la vinculación y compromiso con organizaciones sociales que intervenían por fuera de la universidad (desocupadxs, derechos humanos, trabajadorxs).
Finalmente surgieron, nacieron y/o se fortalecieron nuevas organizaciones políticas cuestionando la intervención tradicional de la izquierda en el movimiento estudiantil, incorporando a los debates sobre cuestiones económicas la importancia de la disputa sobre el conocimiento, entendiendo el rol de la academia como formadora de cuadros del sistema y legitimadora de la ideología de la clase dominante.

A diez años muchos de esos avances subsisten con mayor o menor grado, a excepción del cuestionamiento a las instituciones, su legitimidad y su funcionalidad, punto nodal de aquellos años, que hoy se encuentra en claro retroceso. Por lo que es necesario reabrir ese debate en relación a sus formas y sus funciones.

No obstante, a una década del 2001, no hay que dejar de subrayar que el movimiento estudiantil ha logrado recuperar centros de estudiantes y federaciones, así como desarrollar grandes procesos de movilización más allá de las reivindicaciones sectoriales.

En la coyuntura actual, en la agenda política del movimiento estudiantil se impone como uno de sus puntos centrales, además del problema de la democratización de la Universidad, el carácter privatizador de la actual LES (Ley de Educación Superior) y la orientación social y política del conocimiento. La resistencia actual a la acreditación de las carreras y la perspectiva de que el gobierno nacional sancione una nueva ley de educación superior (que en sus anteproyectos busca profundizar la integración de la educación superior con el aparato productivo) requieren de un movimiento estudiantil masivo, crítico y organizado democráticamente.
En tanto la lucha sea sólo de resistencia, la clave estará en la acumulación de fuerzas que logre para resistir. El desafío histórico está en la posibilidad de que el movimiento estudiantil de conjunto pueda dar cuenta del carácter político del conocimiento y de las luchas sobre su orientación y modos de producción, y avanzar en la disputa por una educación alternativa y popular, por la formación de docentes, científicos e investigadores que articulen su propia práctica profesional con las necesidades de lxs trabajadores y otros sectores oprimidos.

Sin duda, llegará el momento en el que el movimiento estudiantil junto a los trabajadores y oprimidos de la sociedad lograrán con paciencia, perseverancia y ciencia crítica, completar la inconclusa consigna “que se vayan todos” afirmando: “que venimos nosotrxs”. En esta tarea trabajamos cotidianamente.

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