Ante la condena a Milagro Sala

Jujuy se convirtió en uno de los mascarones de proa de la avanzada de la derecha más recalcitrante en el país, de la mano de Gerardo Morales y Mauricio Macri, avanzada que se produce contra toda expresión del pueblo organizado.

La reciente condena a Milagro Sala, lejos de ser un fallo contra una persona o un grupo de personas, como una maniquea cobertura de prensa hace pensar que no refleja lo absurdo del proceso judicial, es una demostración a las distintas organizaciones sociales y gremiales del garrote que se oculta tras la “paz social” declamada por un gobierno que esconde bajo ropajes republicanos una de las conciencias más revanchistas, regresivas y pro-represivas contra distintas instancias de agrupamiento de nuestra clase y cuya finalidad no es otra que la desmovilización social en base a la criminalización de la protesta.

La aplicación selectiva del nuevo código contravencional y la militarización de las secretarías de Seguridad Pública y Seguridad Vial son otras muestras de orientación que el gobierno jujeño prevé para cualquier conflicto social.

Sin embargo, sería muy equivocado realizar un juicio sobre este asunto de manera abstracta y escindida del proceso histórico que predispuso el escenario de relaciones de fuerzas actuales y permitió tanto su existencia como un apoyo popular montado en los graves errores cometidos por la gestión kirchnerista y la propia Tupac Amaru durante el proceso de reconstrucción de la hegemonía burguesa que comandaron.

Los acuerdos con la facción de intereses hegemónicos entonces a cargo del Estado y el ejercicio de un sistema asistencialista, verticalista y dirigista reintrodujeron en el movimiento social las prácticas clásicas del sistema, entre ellas los roles de empleador-empleado, lo que, ligado a la represión ejercida sobre otras expresiones populares, contribuyeron a una reconstrucción paraestatal del Estado, a cargo ahora de la facción derechista que busca con su juicio la criminalización también de las demás expresiones populares, doblemente castigadas.

El mismo proceso del juicio da una pauta de ello. Las escasas 20 o 25 personas de Jujuy que siguieron el juicio desde la calle muestran cómo grandes sectores antes pertenecientes a la organización engrosan hoy las filas del gobierno que la juzga, esta vez pagados para no movilizar, en la conciencia de estar en similar relación de dependencia con su dirigencia o con algún otro sector del poder.

A la reintroducción de las relaciones burguesas se sumaron las comisiones de numerosos ilícitos que degradaron desde dentro a la misma Tupac y que hoy la derecha retrógrada que gobierna la provincia aprovecha para marcar como un estigma a toda organización social, política o gremial que se atreva a denunciar las circunstancias actuales, vanagloriándose de una “paz social” que no es sino la “paz de los cementerios”, impuesta a fuerza de un inédito grado de desmovilización social basado en el temor a la represión y en la pantalla de un discurso falsamente republicano que oculta el revanchismo de clase, la reentronización de las viejas élites y la borrachera triunfalista de un sector de la burguesía parasitaria de Jujuy. Por ello es que repudiamos esta condena a Milagro Sala.

Pese al garrotazo del reflujo las distintas instancias de la clase organizada, aquellas que tuvimos un legítimo nacimiento en la noche de los 90 y que venimos resistiendo sin genuflexiones desde entonces con la burguesía o el gobierno de turno, no haremos más que cambiar la táctica, continuar la resistencia, acumular fuerzas y, llegado el momento, dar el primer paso hacia una sociedad superadora.

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